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SOLO PARA INVENTORES

 

Por Ladislao José Biro

No es raro que algún inventor venga a visitarme en busca de consejos. Algunos sólo traen ideas y me piden que les ayude a desarrollarlas. Otros, con patentes ya registradas quieren saber cómo comercializarlas. Hay un tercer grupo que no se atreve a patentar sus invenciones por temor a que se las roben. Desdichadamente pocas veces puedo ayudar a mis colegas. Los que han desarrollado completamente sus ideas, argumentan que circunstancias adversas les han impedido realizarlas. En la mayoría de los casos sus palabras me revelan que el obstáculo está más en ellos que en las circunstancias, pues carecen de la fe en sí mismos y de la tenacidad indispensable. Quienes ya han obtenido una patente, por lo general legan tarde, bien porque desde que la registraron ha pasado tanto tiempo que por falta de renovación ha perdido vigor; o bien porque la publicación de la patente argentina revela que no se trata de una novedad sino de un invento internacional que ya pertenece al dominio público. En cuanto a los inventores que temen que sus ideas les sean robadas jamás he comprendido por qué me consultan. Para mejor ilustracióndel lector, transcribiré un diálogo típico con uno de tales colegas. Él – “Señor Biro, tengo un invento fabuloso, es lo más importante que se ha ideado en los últimos cien años. Aconséjeme por favor qué puedo hacer.” Yo – “Lo felicito. ¿Quiere mostrarme el modelo de su invento?” Él – “¿Modelo? No, no tengo. Yo no puedo realizarlo porque está fuera de mi oficio y si se lo encargo a otro, me lo van a robar. Estoy seguro. Sé cómo es la gente, no se puede confiar en nadie, etc., ...” Yo – “Pero si se trata de la construcción de un dispositivo, ¿por qué no hace fabricar distintas partes en talleres diferentes y después usted monta el aparato o lo que sea?” Él – “Usted cree? Yo no me fío. Si en un taller descubren que se trata de un secreto importante, van a ponerse en contacto con los otros. ¡No, no! No quiero que me saquen el invento de las manos.” (Yo enciendo un cigarrillo. Miro el reloj. Pausa) Él – (Cada vez más ansioso) – “Dígame usted, señor Biro, ¿qué debo hacer? Yo. – “Patentarlo. Así asegura sus derechos.” Él. – “¿Cómo, ir a un agente de marcas y descubrir mi invento?, ¡qué esperanza!. Me lo robarían instantáneamente. Por favor, señor Biro, le ruego que me entienda, no se trata de una idea común, como el bolígrafo, vale una fortuna.” (Me pregunto si este señor ha inventado la pólvora.) Yo – “Me imagino que su invento es enteramente original. ¿Ha hecho ya la búsqueda de antecedentes? Él. – “¿Antecedentes? Yo lo inventé, es nuevo, se lo puedo jurar”. Yo. – “Disculpe, señor, pero no entiendo qué consejo desea obtener de mí sin comunicarme ni un solo dato de su idea”. Él. – “Lo que quiero, señor Biro, es llegar a un acuerdo con alguna gran empresa de Europa o los Estados Unidos. ¿Cómo debo hacer para que ellos depositen un anticipo? Digamos..., diez millones de dólares contra el compromiso mío de revelarles todos los detalles. Pero sin depósito previo, ¡ah, no!, no soy estúpido, ni una sola palabra a nadie.” Luego, me mira agresivamente, pero satisfecho de sí mismo. No caerá en la trampa de descubrir su secreto. Miro la hora y pido disculpas. – “Olvidé que tengo una cita muy importante – le digo -. Debo salir enseguida, lo lamento mucho, etc. ... Mi visitante se pone de pie muy enojado. Él. – “¿No quiere decirme entonces, cuál es el truco para obtener el anticipo? Yo. – “No existe tal truco. Con mucho gusto podremos seguir conversando otro día. Discúlpeme pero tengo que salir.” El hombre se va, a veces sin saludarme. Yo subo a mi auto para dar una vuelta a la manzana. Así me van salir y no se enfadan aún más conmigo. Con diversas variantes, la escena que acabo de describir ha ocurrido varias veces. A pesar de las experiencias que acabo de relatar, estoy convencido de que hay muchos inventores con ideas originales y muy valiosas, que saben perfectamente cómo llevarlas a la práctica. A ellos deseo transmitirles el resultado de mis experiencias en materia de inventos y patentes en la esperanza de que mis palabras les permitan ahorrar tiempo y evitarles contratiempos.

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