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Muchos
creen que los inventos, la tecnología, la ciencia
y la innovación, como indicadores fehacientes
del progreso y desarrollo de una sociedad, son
un lujo que sólo pueden darse los países ricos.
La
falacia no siempre evidente de ese razonamiento,
es que los datos históricas nos demuestran que
esos países llegaron a ser prósperos y desarrollados
porque primero valoraron y estimularon a sus propios
talentos nativos en las áreas de la actividad
inventiva, la tecnología y la ciencia.
Cuando
los inventos, los desarrollos tecnológicos y los
descubrimientos científicos llegan al mercado,
podemos hablar de innovación, es decir, la introducción
efectiva de lo nuevo en un sistema de valores,
usos y costumbres. Pero la innovación no puede
verificarse cuando no se la considera como una
meta nacional y un objetivo estratégico permanente.
Mientras
los inventores, los técnicos y los científicos
se encuentren desvinculados entre sí, y mientras
no sean reconocidos, valorados y apoyados por
sus propios gobiernos, a través de legislaciones
modernas y eficientes, con oficinas de patentes
altamente profesionalizadas y conscientes de su
trascendente rol en el desarrollo de un país,
la innovación no será posible. A todo esto debe
agregarse la necesidad de general opinión pública
para que los empresarios, inversores de riesgo,
la prensa y el público en general logren percibir
a los generadores de inventos, desarrollos tecnológicos
y descubrimientos científicos como agentes de
cambio de gran valor estratégico para el desarrollo
de un país. Es decir que mientras la innovación
como concepto no sea percibida como una ventaja
competitiva nunca llegará a transformarse en un
valor cultural perdurable.
Los
tiempos heroicos, cuando los inventores independientes
contribuían en forma decisiva en la primera y
segunda etapa de la Revolución Industrial, cuando
los talleres del Glasgow y las industrias norteamericanas
abastecían al mudo con nuevos inventos y productos
industrializados, ya han pasado. Esos países junto
a otros de Europa y Asia, hoy en día utilizan
estrategias y modelos más evolucionados. En la
actualidad las oficinas de patentes altamente
eficientes, los centros de innovación, el acceso
a créditos, las legislaciones favorables a la
creación de PyMEs de base tecnológica, y los departamentos
de investigación y desarrollo de las grandes empresas,
no sólo están muy vinculados entre si, sino que
logran una gran sinergía con las universidades
y los programas oficiales de sus propios países,
lo que hace posible en definitiva vincular a los
inventores y a los científicos con el mercado.
Inventiva
tiene como objetivo principal favorecer y promover
un vínculo fructífero entre todos los actores
sociales relacionados con la práctica profesional
de la actividad inventiva, los derechos de propiedad
industrial, el sistema académico, los industriales
y los inversores.
El
desafío mayor seguramente será lograr que tanto
los sectores con responsabilidad política, como
los académicos y los teóricos de las finanzas
puedan percibir que los inventores todavía son
en el mundo de hoy, y con más seguridad en el
futuro, una ventaja competitiva que puede y debe
ser aprovechada como la "vía regia" que
nos permita acceder a la innovación.
La
innovación no es ni un proceso ni un instrumento,
"la innovación es un resultado práctico de
un modelo de negocio, basado en un producto, un
proceso o un sistema tecnológico".
El
instrumento para lograr la innovación es la "Gestión
de la innovación", pero acceder a un uso inteligente
y eficiente de ese instrumento también es un problema
de percepción. El criterio esencial para lograr
la innovación no es ni criterio técnico, ni científico,
ni legal, sino comercial. Si no se percibe tempranamente
la oportunidad y la ventaja comercial, nunca habrá
innovación.
En
el futuro cercano sería muy deseable que las autoridades
de nuestro país decidan la creación de un Centro
Nacional de Innovaciones, en donde puedan
vincularse a los mejores proyectos de los inventores,
los técnicos y los científicos locales, con las
empresas y los inversores interesados en prosperar
y competir exitosamente en todos los mercados,
en base a la creación y explotación de innovaciones
tecnológicas.
Ya
es hora de dejar de sentirnos vanamente orgullosos
por las riquezas que se encuentran en nuestro
suelo, sobre lo cual no nos avala ningún mérito,
sino de comenzar a sentirnos orgullos por las
riquezas que somos capaces de inventar, desarrollar,
fabricar y vender en todo el mundo. .
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